Es muy probable que ya hayas visitado, o al menos oído hablar de alguna de las impresionantes obras arquitectónicas del arquitecto catalán Antoni Gaudí. También es posible que sepas que murió en 1926 y que el 2026 ha sido declarado oficialmente “Año Gaudí” por el Gobierno de Cataluña para conmemorar el centenario de su muerte. Barcelona, por su parte, ha sido nombrada Capital Mundial de la Arquitectura 2026 por la UNESCO junto con la Unión Internacional de Arquitectos, que celebrará su Congreso Mundial en la ciudad este verano.
El programa oficial, descrito como “un calendario lleno de arte y arquitectura”, promete una celebración extraordinaria. Pero estos homenajes también nos invitan a redescubrir a Gaudí, no solo como arquitecto, sino como persona. Cuando entras en su mundo, se hace evidente que lo que ofrece va mucho más allá de edificios admirables y de belleza artística. Una primera mirada a su vida revela intuiciones que conectan profundamente con las organizaciones actuales: con la gestión, la innovación y la manera en que las personas se comportan y trabajan juntas. También dejó reflexiones sobre la sostenibilidad y la espiritualidad, aunque aquí no las desarrollaré. Por ello, quisiera llamar tu atención sobre siete dimensiones de la vida y la obra de Gaudí que, aunque no del todo desconocidas, a menudo quedan poco resaltadas y pueden aportar perspectivas valiosas.
1. La enfermedad infantil de Gaudí modeló su manera de ver el mundo
Cuando apenas tenía seis años, Gaudí sufrió ataques de fiebre reumática que le causarían dolores recurrentes a lo largo de su vida. Esta condición a menudo le impedía jugar con otros niños y favorecía, en cambio, su capacidad de observación, especialmente de la naturaleza (los “campos de Tarragona”). Más adelante, esta fragilidad se convertiría en su gran fortaleza. Mientras dirigía las obras de la Sagrada Familia, incluso cuando el proyecto acumulaba deudas y graves dificultades, continuaba trabajando con optimismo en soluciones técnicas originales. Gaudí decía a menudo que “la adversidad no debería servir nunca de excusa para no hacer lo que es necesario”. Sin esta resiliencia, no podemos entender su legado.
2. Un estudiante muy normal, con un talento excepcional
Durante la adolescencia, Gaudí cursó el bachillerato en el Colegio de los Escolapios de Reus. Lejos del estereotipo del genio, encontramos a un joven totalmente normal: muchas asignaturas suspendidas, algunas buenas notas y muchos aprobados justos. Solo en una materia destacó realmente con un “Excelente”: geometría. Esto te ayuda a entender que, en la vida, a menudo solo necesitas la oportunidad de dedicarte a aquello que realmente tiene sentido. No necesitas ser excelente en todo. Esta sencilla lección vale tanto para las personas como para las organizaciones.
3. Gaudí creía que el trabajo con sentido no se mueve por la recompensa material
Esta búsqueda del sentido se reflejaba en uno de sus principios fundamentales: según Gaudí, “las cosas que realmente valen la pena no se hacen pensando en la compensación material”. Esto puede sonar casi herético en el contexto de una escuela de negocios. Pero Gaudí tenía muy claros los valores ignacianos del “trabajo bien hecho” y del “esfuerzo continuo”. Una de las ideas más interesantes que dejó es la “repetición inteligente”: un principio de trabajo basado en el perfeccionamiento constante de su esfuerzo en la búsqueda de la excelencia. (Por poner un ejemplo, varios autores sugieren que Gaudí podría haber modificado la fachada del Palau Güell hasta 25 veces). Para él, “todo el mundo se equivoca, pero se equivocan menos quienes pueden repetir su esfuerzo de manera sistemática”. La lección es clara: trabaja primero para transformar el mundo y la recompensa llegará después.
4. Gaudí entendía que las organizaciones se mueven tanto por la emoción como por la razón
Gaudí también trabajó en proyectos sociales, como el complejo industrial, con fábrica y anexos, de La Obrera Mataronense. Ya en este proyecto, comprendió que las organizaciones a menudo se mueven por la emoción. De hecho, para él, incluso en la relación entre dos personas, el sentimiento es predominante. Defendía que debe existir un equilibrio entre emoción y reflexión, natural en las personas e igualmente necesario en las organizaciones. Desde una posición de respeto, afirmaba: “Nadie es inútil, y quien manda debe conocer las posibilidades de sus servidores”. Esta visión de liderazgo y responsabilidad también nos invita a reflexionar sobre el papel de las emociones en las organizaciones.
5. La innovación de Gaudí estaba arraigada en el origen
Quizá en ningún otro ámbito Gaudí sea tan celebrado como en el de la innovación. No es exagerado decir que las soluciones técnicas que desarrolló en óptica, acústica, materiales de construcción, elementos arquitectónicos, ventilación y otros campos han sido consideradas revolucionarias. Sin embargo, para él su obra era (r)evolucionaria: la innovación no podía entenderse sin originalidad, y “la verdadera originalidad es volver al origen”. Criticaba a quienes querían ser originales solo por serlo, y afirmaba que “la seguridad de las cosas sin raíces es efímera”. La lección para nosotros es reflexionar sobre qué significa ser original en nuestras propias vidas. Quizá “ser original” signifique encontrar nuestro lugar en el mundo reinventando nuestros propios orígenes.
6. Gaudí sabía que inspirar a los demás era parte de su responsabilidad
La imagen de una persona inmersa durante más de 40 años en la búsqueda de soluciones técnicas, especialmente en la Sagrada Familia, podría parecer incompatible con alguien preocupado por cómo sus ideas podrían motivar e inspirar. Pero es exactamente lo contrario. Gaudí entendía que parte de su trabajo era inspirar a las generaciones futuras con su sueño. Explicaba que “no habría sido posible empezar por la fachada de la Pasión, que representa la tristeza, el miedo y el dolor, porque no habría atraído a la gente”. Por eso propuso empezar por la fachada del Nacimiento, “porque con ella empieza todo, despertando toda la esperanza y toda la simpatía”. Por la misma razón, no quería construir primero las zonas horizontales, sino completar la primera zona vertical, la primera fachada terminada, para crear el sueño y la emoción necesarios para asegurar la continuidad del proyecto. De manera similar, también podemos aprender de Gaudí cómo acabar partes inspiradoras de nuestro trabajo puede generar nuevos impulsos de futuro.
7. La muerte de Gaudí reveló el prejuicio de la aporofobia
El 7 de junio de 1926, Gaudí salió caminando de la Sagrada Familia, cruzó el paseo de Sant Joan y, al llegar a la Gran Vía a la altura de la calle Bailén, fue atropellado por un tranvía. Confundido por los transeúntes con un mendigo, debido a la ropa vieja y sucia que llevaba, quedó abandonado durante un tiempo y algunos taxistas se negaron a ayudarle. Aunque la ambulancia tenía instrucciones de llevarlo al Hospital Clínic, lo trasladaron al Hospital de la Santa Creu (el “hospital de los pobres”), donde fue ignorado hasta el día siguiente, cuando sus amigos pudieron identificarlo. La pobreza voluntaria a la que Gaudí se había entregado en los últimos años, mientras trabajaba en la Sagrada Familia, fue castigada por la aporofobia.
En particular, el proyecto de la Sagrada Familia muestra que Gaudí era un gigante, no solo por lo que construyó, sino por lo que sabía que nunca llegaría a ver terminado. Su grandeza residía en entender lo pequeña que es la humanidad ante la complejidad de la vida y la naturaleza, y en mantener viva una visión monumental incluso cuando las circunstancias del momento, incluidas las dificultades económicas, apuntaban lo contrario. Honrar a Gaudí y a la Sagrada Familia, entonces, es mucho más que rendir homenaje a un gran hijo de esta tierra: es celebrar un hito civilizatorio que ha inspirado y unido generaciones, y que encarna la fuerza, la convicción y la grandeza de un pueblo del cual todos tenemos mucho que aprender.
Dr. Flavio Comim – Decano de IQS School of Management y Catedrático en la Universitat Ramon Llull









